Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

                                          Américo Martín, Venezuela

 

 

 

 

LA DEBILIDAD EN LA FUERZA


Toda la estructura del estado está reproducida en la contrainteligencia cubana del MININT. Para cada unidad administrativa u organización de masas, hay un oficial MININT que enlaza al jefe del organismo, el secretario del partido y el jefe de seguridad. Nadie puede saber quienes son los informantes del MININT en el centro de trabajo o estudio, ni siquiera el jefe administrativo o el secretario del partido, porque ellos también son vigilados.

 

 Me encontré nuevamente con Barba Roja en el edificio del Comité Central, fortaleza a la que se llega subiendo por una rampa cuidadosamente vigilada por hombres armados. Era una estructura gris de aspecto monacal, en el estilo patentado por los comunistas del este europeo. Al llegar a la entrada descendimos del carro oficial que nos transportaba y pude ver, al frente, al Apóstol mirando la plaza vacía. Un hombre de seguridad me condujo al ascensor. Al abrirse la puerta del piso superior, desde un pequeño cubículo me saludó agitando la mano Norberto Hernández Curbelo, hasta hacía poco embajador de Cuba en Venezuela y con quien solía reunirme en Caracas. Por fin llegamos al despacho de Piñeiro. Estaba parado bajo el dintel de la puerta. Con un amplio gesto me invitó a pasar. La oficina impresionaba por su magnitud y la ordenada disposición del mobiliario, los libros, papeles y teléfonos. Ya me había reunido antes con este hombre cordial y ocurrente y pronto lo volvería a hacer, esta vez con la participación de Fidel. Me impresionaron sus manos, pequeñas y bien cuidadas y su aspecto general, distinto al desaliñado y desenfadado personaje que conocí en 1959, recién caído Batista. Entonces Cuba era un carnaval libertario; hoy reina un silencio de cementerio. Piñeiro siempre trabajó en seguridad y por eso fue el fundador y alma del Departamento América, en el cual nos encontrábamos. La era romántica de la revolución había pasado. Ahora las figuras más temidas eran los militares de alto rango, los hombres de seguridad y Tropas Especiales y los aventureros del Departamento de Barba Roja. El ambiente general era opresivo. Todos se cuidaban de alguien o de algo, incluyendo los líderes del partido y el propio Piñeiro.

 

Ya tarde, al salir de la oficina, me acompañó en un paseo informal hasta la calle. Se venía la noche encima y entonces, bruscamente, me sondeó:

 

-¿Estás con los chinos o con los soviéticos?

 

Suponiendo que la pregunta fuera de encargo, preferí cuidar mi respuesta.

 

Ni con uno ni con el otro, respondí. Hoy pelean y piden solidaridades pero mañana pueden entenderse dejando a los felicitadores en el medio de la calle, batiendo palmas inútiles.

 

No dijo nada pero sospeché que no le había disgustado lo que dije. Al fin y al cabo algo es algo y el asedio contra los maoístas había comenzado en serio.


Civiles y Militares: encuentros y desencuentros

En la historia de Cuba republicana se alternan los civiles con los militares La coexistencia produjo recíprocas influencias: la tendencia militar a intervenir en los asuntos políticos y la tendencia en los políticos a valerse de los medios militares. El presidente civil Ramón Grau San Martín propició la invasión militar de República Dominicana organizando un ejército de 1.500 caóticos voluntarios, y el civil Carlos Prío Socarrás fue desde fines de la década de los años 1940 uno de los principales organizadores y financistas de la Legión del Caribe organización diseñada para combatir con las armas las dictaduras. En la acera opuesta el militar general Fulgencio Batista llegó a ser uno de los más refinados y astutos políticos de todos los tiempos, no especialmente dotado para desempeñarse en escenarios de guerra.

 

Prío, Sánchez Arango, Tony Varona y otros líderes de la llamada Generación de 1930 -todos ellos destacados dirigentes civiles-organizaron grupos revolucionarios para derrocar por las armas la dictadura batistera y en cambio Batista ganó la presidencia en las elecciones de 1940 y le puso el ejecútese a la emblemática Constitución de ese año, que fuera recibida como la más democrática y avanzada de Latinoamérica. Por si fuera poco, cumplido su mandato legal entregó pacíficamente el poder a Grau San Martín cuando éste a su vez lo derrotó en las elecciones de 1944. Pero a pesar de todo eso, Batista había levantado en 1933 a los sargentos desde el cuartel de Columbia para obtener la renuncia del efímero gobierno encabezado por Carlos Manuel Céspedes (h) y volverá a las andadas al dirigir el golpe de estado de 1952 que abriría el camino hacia el callejón bloqueado en que se encuentra Cuba en la actualidad.

 

Castro es una buena muestra de semejante híbrido militar-civil. Sin que las circunstancias le resultaran muy propicias fue – o intentó serlo- dirigente estudiantil desde su ingreso en la Universidad en 1943; más tarde se recibirá abogado de la República, y poco después es nombrado candidato del partido ortodoxo a la Cámara de Diputados en las elecciones que fueron abortadas por el golpe de Batista. En esas ocasiones la flauta no le sonó. En cambio alcanzó mayor reputación en el oficio de las armas. El futuro señor de la guerra fue también un joven de armas tomar en la lucha que estremeció a Cuba durante los años 1949 entre pandillas terroristas universitarias. Su vocación bélica, no obstante su formación civil se hizo presente en la organización del Movimiento 26 de Julio. Fue esa, en definición de Norberto Fuentes, una maquinaria militar dotada de un excelente equipo de propaganda. La anatomía y funcionamiento del M 26-7 le daban el carácter de grupo armado más que de un partido político: sus formas organizativas y disciplina fueron siempre de naturaleza militar. A partir de entonces, Fidel logró la admiración internacional ya no como líder civil, sino como comandante de una guerra irregular de la que emanarán las poderosas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba.

 

Por voluntad del caudillo, el sistema cubano se afinca ante todo en esas fuerzas armadas y en un sistema avasallante de inteligencia y contrainteligencia, además de los CDR y Federación de Mujeres, que actúan bajo tutela militar y están integradas a los planes de defensa centralizados en Fidel y Raúl. Los dos máximos jefes de la revolución y el exangüe Comité Central no confían en el pueblo al que tanto invocan. Las menciones al papel hegemónico del proletariado y campesinado plagan sus discursos, sin ser otra cosa en realidad que letra muerta, habida cuenta del énfasis absoluto que el régimen ha puesto en el perfeccionamiento del instrumento militar y en los intimidantes mecanismos de vigilancia que asedian también al “hombre de la calle”, vale decir a esos mismos proletarios y campesinos del discurso oficial.

 

Curiosa institucionalización del proceso revolucionario

 

En la década de los años 1980, la revolución cubana desfallecía. Fidel tenía casi la convicción de que el socialismo naufragaría. Expresó en Cienfuegos las preocupaciones que lo angustiaban, durante el acto de celebración de la fecha aniversaria de la revolución; y lo hizo con inusual franqueza. Manifestó su temor de que la Unión Soviética estallara en mil pedazos dando lugar a la desintegración de la Meca del comunismo y a la independencia de varias de las Repúblicas que la venían formando. El tiempo le daría la razón. Inquieto por otra parte por lo que el futuro depararía a la revolución cubana, intentó mostrar alguna flexibilidad en su política interior. De alguna manera el espíritu de cambio que soplaba en el mundo socialista se estaba trasladando por la fuerza de la realidad a la hermética Cuba fidelista. Fue entonces cuando se inició el proceso de rectificación del estilo y quedaron arrumbadas por un tiempo teorías ardorosamente discutidas desde los tiempos del Che Guevara, como las referidas al Hombre Nuevo y a los estímulos morales en la gestión de la economía (*). El espacio para el nuevo experimento sería toda la Isla y el método el desarrollo de un debate interno sin restricciones. Corolario del esperado cambio sería la institucionalización del Estado socialista. Dada la magnitud del viraje propiciado, Fidel convocó a un nuevo Congreso del Partido Comunista.

 

Como era previsible la institucionalización postulada en el Congreso de los comunistas no pasó en ningún momento de ser un buen deseo. Una cosa es dragonear con sonoras generalidades y otra aplicar en el terreno lo que se ofrece. Y en ese punto precisamente se puso de manifiesto la imposibilidad de reformar un sistema internamente derruido como aquel. Abel Sardiñas, en nombre de Fidel, fue el encargado de anunciar el inicio de la amplia controversia sobre la histórica institucionalización de la revolución cubana. Sardiñas habló con voz sentenciosa y solemne. Pero percatándose de repente que en su intervención podía haber ido más lejos de lo que tuviera en mente Fidel Castro, refrenó la elocuencia de sus palabras y emprendió casi inmediatamente el retroceso. El debate –insistió- sería amplio, conforme a lo prometido, pero ¡cuidado!, nada que ver con los cálculos del enemigo.

 

Sin concesiones a quienes propugnan reformas liberales al estilo europeo. ¿Y qué decir del pluralismo? Tampoco llegó muy lejos este otro rasgo de las democracias dignas de ese nombre. En este punto, Sardiñas dejó los circunloquios aparte y procedió a rechazarlo de manera terminante:

 

Jamás. La historia prerrevolucionaria demostró la ineficacia del sistema multipartidista y además José Martí no necesitó varios partidos sino que fundó uno solo.

 

Esta vistosa política, vendida como un nuevo golpe de timón aperturista para enmendar errores y correr, ahora sí, hacia el futuro, fue melancólicamente abandonada y luego despreciada. Sobrevino entonces un nuevo viraje, esta vez de signo contrario y claramente dirigido hacia el pasado. La causa de tal retroceso obedeció a que las aperturas económicas y anunciadamente políticas del régimen desataron súbitas e incontrolables fuerzas y agudizaron los problemas internos del fidelismo. Dos décadas después, Fidel puso el epitafio sobre el cadáver de la reforma democracia alentado por los sucesos de Venezuela. Había aparecido un nuevo caudillo que se deshacía en elogios hacia el jaqueado líder cubano.

 

Fue una verdadera suerte, ni buscada ni esperada, que Chávez sobreviviera a los sucesos del 11 de abril del 2002 y entablara una relación con Fidel que bien podría reputarse de milagrosa. Animado por el potencial venezolano, Castro decidió mandar al diablo las vacilaciones aperturistas y pareció volver a las andadas de los años 1960. Escapa a toda lógica –salvo que la ansiedad de destruir el imperio norteamericano con el método de la confrontación violenta se haya convertido en convicción en Fidel y Chávez- el desigual tejido comercial que configura hoy la relación entre estos socios. Venezuela se ha echado al hombro a la arruinada Cuba sólo porque quiere colocar de nuevo a Fidel en el sitial de gladiador antiimperialista. Ni siquiera la vieja Unión Soviética incurrió en la descabellada generosidad con su aliado en que ha caído –y probablemente sucumbido- el proceso bolivariano. Si a aquella economía le resultó imposible seguir cargando con el disparate cubano, se percibe ya que Venezuela no podrá sostener semejante fardo por mucho tiempo, muy a pesar de que en 2006 y 2007 se mantengan muy elevados, como parece probable, los precios del petróleo.

 

Al imaginar el post-fidelismo deberíamos reflexionar sobre la manzana envenenada que van a recibir el o los posibles sucesores de Castro. No les será fácil digerirla ni hacerlo sin el peligro de rupturas probablemente inesperadas. Fidel ha creado un mecanismo inexorable que solo él puede entender y operar. Quien ocupe su puesto no lo hará como un heredero normal en un país cualquiera. La complejísima estructura del poder fidelista parece la obra de un desquiciado pero no es así; tiene lógica, si se quiere, muy sabia. Es la lógica de quien se siente –con razón o sin ella- asediado por enemigos en buena parte creados por su desbordada imaginación. Castro ha envejecido en el mando. Durante todo el tiempo su preocupación principal ha sido salvar la revolución, vale decir: impedir que nadie tenga la ocurrencia de arrebatarle el poder. Se comprende que muchos de los escudos que se han venido levantando con el fin de proteger el régimen cubano puedan ser válidos solamente para el piloto que los ha diseñado, y allí radica su fuerza. Pero podría perfectamente ocurrir que, como el carro de fuego de Apolo en manos de su hijo Faetón, destruya al impreparado auriga que quiera ocupar su puesto. La fuerza, convertida en debilidad.

 

Aparte de las muy importantes razones históricas y de las relacionadas con su indudable carisma, el componente esencial de los fuertes cimientos sobre los que se levanta el poder de Fidel Castro es de una naturaleza más tangible, material, fácilmente mensurable. A lo largo de casi cinco décadas de haber conquistado el poder, el caudillo ha venido construyendo una hermética estructura de mando paralela a la del Estado cubano, tal como se describe éste en el ordenamiento legal. No obstante, ese Estado, el mencionado y detallado por la Constitución y las leyes, es en buena medida una fachada del poder real que desde la sombra se impone a todo ser viviente en Cuba. Porque mientras el Estado verdadero no se divisa con facilidad, salvo en la preeminencia del caudillo, el ornamental se exhibe con maniática minuciosidad. Es la realidad invertida que creía ver Platón: la sustancia no está en las sombras que vemos. Los sentidos nos engañan: ante nosotros se levanta un mundo que sólo de manera muy imperfecta refleja la inalcanzable verdad. Reunidas ambas dimensiones en el caso del modelo cubano, ofrecen a la vista una caótica duplicidad y triplicidad de competencias, una adiposa burocratización e insólitos niveles de corrupción.

 

Fidel Castro es el Presidente del Consejo de Estado, del Consejo de Ministros y del Consejo Militar que tutela en tiempos de guerra las actividades de MINFAR y MININT. Por si fuera poco, es Comandante en Jefe de las FAR y Primer Secretario del Partido Comunista. Tantas funciones concentradas en una sola persona no se vieron ni siquiera en esas versiones modernas del absolutismo monárquico que son los estados socialistas marxista-leninistas, surgidos y en su mayoría fallecidos durante el siglo XX. Es un poder tan absoluto como el de Luís XIV o el de cualquiera de los reyes de origen divino que fueron cuestionados en el Siglo de las Luces y derribados paso a paso desde fines del siglo XVIII. Lo peculiar del caso cubano actual es que casi ninguna de las competencias de Castro es honorífica: el caudillo no permite a nadie que las ejerzan por él, así se paguen altos costos por ineficiencia, se paralicen áreas enteras de la Administración y se desorganicen actividades fundamentales. En tiempos de guerra, este hegemón se convierte automáticamente en comandante directo de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior, los dos repartimientos administrativos más relevantes y temidos. No podemos descansar en la esperanza de que los tiempos de guerra, como en la mayoría de los países, sean excepcionales. El concepto en sí no está precisado en la Constitución, quedando su significado a la libre interpretación del propio caudillo. Y ya sabemos que sus definiciones al respecto son buidas y elásticas. Por ejemplo, no ha cesado de hablar de inminentes invasiones, ni de ver una peligrosa conspiración contrarrevolucionaria en la más inocente de las actividades de la vigilada disidencia. Tiempos de guerra, pues.

Las órdenes inapelables que Castro emite en cualquier ocasión o hace fluir a través de la estructura de la Administración Publica y en parte fuera de ella, se cimentan en el Grupo de Coordinación y Apoyo del Comandante en Jefe (en adelante G.C.A.C.J). Como es lógico, este grupo sólo le rinde cuentas al Comandante en Jefe. Nadie más puede solicitarle informes, por mas nimios que sean, ni mucho menos impartirle instrucciones. Nada de raro tiene que del G.C.A.C.J emanaran muy pronto los principales delfines. Obsecuentes, brillantes, ávidos de poder pero sin plena conciencia del carácter vicario del que se les había concedido, los delfines ocuparon los lugares estelares del Estado, sólo para descubrir la precariedad de su recién alcanzada prominencia.

 

El problema es que ni siquiera los delfines pueden considerarse fuera de peligro mientras viva Fidel. Eso lo sintieron como una llaga de luz en su piel, dos antiguos delfines hoy caídos en desgracia: Roberto Robaina y Carlos Aldana. Ambos alcanzaron las más altas posiciones en el partido y el Estado. Aldana, alguna vez jefe del Despacho de Raúl y responsable del Departamento Ideológico, recibió delicadísimas encomiendas, como la de negociar el retiro de las tropas cubanas de Angola. Al igual que Robaina y Ochoa, cayó sobre su humanidad el sambenito de la corrupción. Parece en efecto demostrado que Aldana incurrió en serios y reiterados delitos contra los caudales públicos. Era pues un corrupto, pero a sabiendas de todos lo que no fue óbice para que se le llegara a considerar el verdadero sucesor de Fidel. La causal empleada para defenestrarlo fue macabra. En el engranaje de la revolución, si los inmorales no llegan a ser una amenaza o perdonándole tendenciosamente sus delitos no son percibidos como tales, seguirán progresando en el proceso fidelista. Eso sí, deberán perfeccionarse en el arte de la adulación y ser útiles a tiempo completo ¿Y quien determinará que llenen tales requisitos? El propio Fidel, el mismo mandatario caprichoso que entre una cosa y otra y sin previo aviso, puede hundir al más cercano de sus colaboradores.