Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

                            Américo Martín, Caracas, Venezuela

 

 

 

 

 

 

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El modelo socialista del PSUV

 

Ya no se habla con frecuencia del sedicente socialismo del siglo XXI. No creo que por decisión estratégica del bloque en el poder, sino más bien porque de cara a las realidades vivas no se percibe cuál sería la novedad de semejante socialismo, aggiornato –según se reiteró- al relacionarlo con el nuevo siglo. Finalmente el presidente lo ha reconocido: se ha declarado marxista y no deja de reiterar su creciente identidad con el proceso fidelista de cinco décadas.

 

En el pensamiento del Marx, invocado por el presidente, hay dos rasgos definitorios del carácter proletario-socialista de las revoluciones. El primero, el colosal crecimiento de las fuerzas productivas como nunca imaginó el más desarrollado de los países capitalistas. Y el segundo, el continuo languidecimiento del Estado, tras una constante pérdida de dimensiones y funciones a favor de la clase obrera organizada y autogesionaria. Durante mucho tiempo, los intelectuales, científicos y técnicos fluyeron hacia esta utopía racionalista. Los seducía la idea de utilizar plenamente su capacidad científica para emprender obras altamente productivas al servicio del ser humano, y ya no más para el beneficio de una minúscula clase dominante. De modo que fue un timbre de orgullo para los países del socialismo realmente existente, y una prueba de su vinculación con la ciencia, predicar la filiación socialista de científicos y artistas como Joliot y madame Curie, Alberto Einsten, Pablo Picasso, Pablo Neruda y César Vallejo, para mencionar sólo algunos. Parecía  una confirmación de que en la nueva sociedad revolucionaria encarnaba el futuro, el reino de la sobreabundancia de bienes materiales y espirituales, sobre cuya base sería posible que cada quien recibiera según sus necesidades, independientemente de su aporte en trabajo. Para que semejante mecanismo distributivo fuera aceptado, la producción debería ser masiva y suficiente. Los productos dejarían de ser mercancías al ponerse, como el aire, al alcance de todos, sin necesidad de concurrir al mercado.

 

El Estado socialista para Marx, para Lenin y todos sus epígonos, tendría corta duración. Su tránsito natural hacia el comunismo se haría sobre la tecnología más avanzada, una capacidad productiva sin precedentes y un Estado reducido a mínimas dimensiones y destinado a desaparecer, junto con toda forma de autoridad.

 

El último y único programa que se planteó el comunismo, no como ideal alcanzable algún día, sino como meta perfectamente discernible, fue el del PCUS en su XXII Congreso (1962) bajo la dirección de Nikita Jruschov. Pero la realidad evidenció que aquel sistema jamás sobrepasaría al ancien regime, ni cumpliría el sueño de hacer desaparecer la estructura estatal. Todas las naciones autodefinidas socialistas, revolucionarias y leninistas, tuvieron la misma suerte.

 

El fidelismo evidencia ese fracaso: se ha convertido en importador hasta del 80% de los alimentos que consume, su estado es inmenso, adiposo, ineficiente y gerenciado por una nueva clase, y como lógica consecuencia su estabilidad la ha confiado a la imposición obligatoria de una ideología única y la exclusión radical de todo el que piense de otra manera.

 

Venezuela, en el marco del proyecto chavista, ha repetido de la A a la Z esta burda experiencia, y por eso no hay novedad en la oferta bolivariana. En lugar de desarrollar fuerzas productivas, las ha destruido en la agricultura, la agroindustria y la industria, y en lugar de disminuir el tamaño del Estado lo ha sobredimensionado, con su carga de ineficiencia, corrupción y empeño de imponer también una ideología única, con exclusión de cualquier otra.

 

Las cifras de la situación actual del país denuncian la magnitud del colapso. Sus cuatro medallas hemisféricas de oro: en tasa inflacionaria, en violencia e inseguridad, en recesión y subempleo y en desempeño de los servicios públicos más importantes, son una alegoría descarnada del significado del socialismo  que ha pretendido imponer el presidente en la  última década.

 

Como es natural el malestar social se ha expandido y con él, la disidencia. Estamos en las vecindades de lo que algunas salas situacionales llaman la tormenta perfecta. Vale decir, la coincidencia en un momento y un lugar determinados de todos los factores inmanejables. Ese momento, propicio para un cambio en democracia, puede estarse aproximando y la coyuntura que vivimos es electoral. Aprovecharla con inteligencia, es una obligación ineludible. Hacerlo en forma democrática, constitucional y pacífica es una cuestión de principios, pero también la mejor de las políticas.

 

Bueno este momento: los principios morales y las políticas, estrechamente unidos.

 

La coyuntura electoral

 

Lo primero es saber si las elecciones son la solución. No entran en la estadística quienes, para predicar el escepticismo, dan por seguro  que el gobierno hará un limpio fraude sin consecuencias que lamentar. En la actualidad, el abstencionismo profesional ya no predica expresamente contra el hecho de sufragar, sino contra la supuesta genuflexión de las organizaciones reunidas en la Mesa. Ya es, de todas maneras, algo, un paso.

 

Nada de esto significa que el país esté al abrigo de un desconocimiento del resultado electoral. Es más, quizá el gobierno preferiría –si estuviera en su mano-  desembarazarse de los comicios, pero no parece fácil: estamos a menos de 30 días, la campaña arrancó, muchos observadores internacionales  llegaron y el mundo está expectante. Si alguna vez se sintió tentado a defraudar la voluntad popular en caso de perderla, la verdad es que ha dejado correr demasiado tiempo. Se puede conjeturar que la cumbre del poder pudo haber manejado semejante escenario, así sea como ejercicio, y si no se decidió a concretarlo en un plan específico, es porque el costo le habrá parecido superior al beneficio. Eso, aparte del riesgo de fracasar o de obtener una victoria pírrica por no estar preparado para sufrir una respuesta internacional bastante onerosa. La vulnerabilidad del país viene de la decadencia de su capacidad productiva agrícola e industrial, resultado de lo cual ha sido su adicción a las importaciones de alimentos, bienes terminados, insumos y bienes semielaborados.

 

De aquí se sigue que no basta querer, hay que poder. Y entre estos dos verbos media una distancia, muy amplia si funcionan la organización de la disidencia, sus estrategias, su impacto sobre los renuentes a votar y sobre todo su unidad. Como la unidad perfecta es un hecho, incluso en el orden programático-parlamentario, la viabilidad de las elecciones se ha fortalecido junto con la posibilidad –sólo posibilidad- de una victoria opositora.

 

Fortalezas y debilidades del gobierno

 

Fortalezas:

·       La Administración Pública central y descentralizada se han volcado a favor de los candidatos oficialistas. El CNE no es imparcial, y la Asamblea Nacional, el Ministerio Público, la Contraloría General, la Defensoría del Pueblo, y la Corte Suprema de Justicia están allí para apuntalar la opción gubernamental y sabotear los recursos de la disidencia.

·        El empleo público ha crecido en forma exponencial, desde 900 mil almas en 1989 hasta dos millones trescientas mil en 2010. Están todos apercibidos. Pesa sobre ellos la sórdida amenaza de ser despedidos si no votan por el oficialismo. Ciertamente, nadie puede desentrañar el secreto del voto, y tal convicción ha ido ganando terreno entre los funcionarios civiles y militares, pero el miedo a la cesantía o a un drástico castigo disciplinario sigue latente.

·        La redistribución de las circunscripciones electorales en busca de una mayoría oficialista de todas-todas. En franco atropello a la voluntad de los electores, lo que aquí se persigue es conservar la mayoría en el parlamento, así haya una mayoría opositora.

El  El abuso de los recursos del Estado y la intimidante amenaza de desatar contra los actos de la oposición o sus figuras destacadas las amarras de la jauría paramilitar, de los órganos de defensa y los de inteligencia Debilidades:

·        La explosiva inseguridad, que hiere a todos los estamentos sociales

·        La inflación, la recesión, la resistencia desde amplios sectores castigados.

·        El favoritismo presidencial en niveles por debajo del 40%

·        En el lógico empeño de darle un carácter plebiscitario a las elecciones, se difuminan los candidatos oficialistas y las razones para votar por ellos.

·        La corrupción. Nunca un apodo estuvo mejor empleado que el de Pudreval.

 

Debilidades y fortalezas de la disidencia

 

Debilidades

·        Se distinguen varios líderes emergentes, pero no una opción global. La disidencia necesita deschavizar la campaña y fortalecer los liderazgos regionales frente a sus anónimos contendores. Pero la ausencia de una alternativa global sirve al mito de sin Chávez, el caos. Sería bueno cubrir ese flanco,  mas si fuera imposible asar los dos conejos, preferible es quemar el “presidencial” y no el parlamentario.

·        La escasez de recursos, la parcialidad del CNE y el ventajismo de la Administración

·        El miedo a votar, alimentado por la agresividad oficialista

·        Las dificultades acarreadas por la escogencia de las candidaturas, entre consenso y primarias.  Algún ruido queda aunque la MUD y el temor a la victoria chavista, lo hayan asordinado.

 

Fortalezas

 

La unidad perfecta: todos los votos a la misma canasta

·        El deterioro de la situación económica y social

·        La polarización conjura la dispersión del voto

·        Las contradicciones en el PSUV, alentadas por candidaturas que no gozaron del favoritismo de la militancia.

·       La formación de un liderazgo vinculado a obra tangible, capaz de entrar en zonas vedadas. Donde la disidencia llega los problemas se resuelven. Bien explotado, es un recurso extraordinario.

 

Temores

 

Se teme al triunfalismo de la oposición, sin embargo la certeza del triunfo es una palanca para alcanzarlo. Sin fe en la victoria parecería inútil el esfuerzo. En sentido contrario, una derrota afectaría la confianza en un liderazgo que ha costado mucho formar. ¿Habrá entonces que predicar un frío silogismo de pros y contras?

 

El racionalismo sin emociones, compromete el éxito.  Lo que debemos explicar es que la victoria tiene grados: 1) perder la votación alcanzando fuerte representación parlamentaria.   2) ganar la votación sin mayoría de escaños 3) ganar mayoría parlamentaria en el torrente de la mayoría popular. Ni que decir tiene que esta eventualidad tendría un alcance histórico.

 

El tiempo de las argucias pasó.  El horizonte es electoral. Gobierno y  disidencia se medirán con unidad perfecta y lenguaje homogéneo: pero esta vez  la MUD tiene la iniciativa.

 

¿Se resignaría el gobierno?

 

¿Qué podría hacer? En la variable más optimista, si la Asamblea cambiara de manos se supone que intentaría desaguar a la disidencia antes de la toma de posesión, como castró a la Alcaldía Metropolitana.

 

Pero no es fácil, no sólo por la resistencia democrática, fortalecida con la eventual victoria electoral, sino por los intereses afectados en sus propias filas. Las marrullerías pueden ser derrotadas sin abandonar la vía electoral y constitucional, a las cuales debemos la fuerte recuperación de la alternativa democrática. 

 

Observaciones

 

Hace  bien la MUD:

 

- Deschavizando la campaña y poniendo el énfasis en problemas antes que en discusiones abstractas, y en candidatos que deben ser conocidos tanto como desconocidos sus adversarios.

 

- Centrándose en los problemas de la inseguridad personal, violación de DDHH y brindándole una voz al malestar general.

 

- Buscando una identidad mínima en el lenguaje de los candidatos, sin perjuicio de realidades regionales y locales

      

·        A mi modo de ver, todo eso debería entrar en un marco conceptual que precise cuáles son los aliados potenciales o circunstanciales y hacia dónde dirigir el filo de la campaña. Siempre insistí en la conveniencia de hablar de unidad de la disidencia, antes que unidad de la oposición por el hecho comprobado y registrado en las consultas de opinión de que no todos los que disienten del gobierno se reconocen como opositores. Se trata de postular una nueva mayoría alrededor de esta amplia coincidencia, sin imposiciones y preservando el carácter plural de la disidencia. Todo opositor es disidente, pero no todo disidente se siente opositor, lo cual no debe ser un obstáculo para entenderse alrededor del objetivo común. Tal vez ya no sea posible implementar semejante cambio de estilo, pero podrían extremarse sus contenidos en lo que queda de campaña y en la futura gestión política y política-parlamentaria.